Si había algo que me gustaba hacer cuando era pequeña, era jugar con mis vecinitos de barrio.

Entre ellos estaban Rene y Andy, mis amigos inseparables. Creo que nos conocimos cuando yo tenía 4 años en el parquecito de enfrente de nuestra casa. No sabemos muy bien cómo pero desde ese entonces no paramos de juntarnos todos los días a jugar, ya sea a las escondidas, a los indios, a andar en bicicleta o ir al río, o meternos a la pile, en fin, nunca acaban los juegos.

Lo hermoso de ser niños es la enorme imaginación que se tiene. Se pueden inventar un millón de lugares, personajes llenos de poderes, fantasías y sueños. Y así sea sin tener muchos juguetes, porque por ejemplo la capacidad de jugar con un palito que cayó de un árbol e imaginarnos que es un caballo y nosotros unos vaquero del viejo oeste es algo único que solo siendo niños lo podemos disfrutar.

Me acuerdo que en el patio de mi casa había una pequeña casa de madera abandonada. Anteriormente mi mamá lo usaba para criar a sus gallinas ponedoras o doble pechuga, pero como siempre terminaban robándole, desistió de la idea y esa casita terminó abandonada.
No perdí la oportunidad y le pedí a mi mamá permiso para hacer de ese lugar mi casita. Mi mamá (una dulzura como siempre) limpió con todo el cariño del mundo aquel lugar para que yo pueda jugar con mis amigos.
Cualquiera pensaría que lo usaría para colocar a todas mis muñecas allí y jugar a la mamá, pero yo no era ese tipo de niña. Como me había criado con mis vecinos varones tomé sus costumbres de juegos y entre los tres hicimos de esa casita "La casa de los inventos" y nos pasábamos toda la tarde juntando cualquier cosa rota para crear cosas nuevas. Así fabricamos una especie de ducha que todavía está colgada en aquel lugar como un viejo recuerdo de nuestros años dorados.

Una mañana de verano, vino a buscarme René muy temprano. Me indicó que mirara al cielo y que le cuente que veía. Yo obedecí y vi en el enorme firmamento azul unas cuantas nubes que con el viento comenzaron a tomar forma. Muy despacio una nube empezó a formar una especie de círculo con algo sobresaliente por encima...
-¡Un anillo!- Exclamé.
-Si- me dijo él - Yo vi una espada y Andy vio una llave ¡Eso es lo que tenemos que buscar para tener nuestros super-poderes!- Dijo contento y con sus ojos celestes brillantes llenos de esperanzas.

Desde ese momento, esa era nuestra misión: Yo debía encontrar mi anillo, René su espada y Andy su llave.
Nos pasamos días enteros buscando pistas, pensando donde podrían estar escondidos nuestros preciados tesoros que nos darían los inimaginables poderes.

Un tarde René vio al costado del muro de mi casa, una botella de vidrio dada vuelta con el pico incrustado en la tierra colorada.

- ¡Esa es la señal!- nos dijo - ¡Allí está mi espada! ¡Pety, andá a buscar una pala!- Me indicó y yo mas veloz que el corre caminos corrí hasta mi casa.
Pero el problema era que yo desconocía lo que era una pala y en su lugar llevé una azada.
-Esa no es una pala- Me dijo viendo lo que yo con mi pequeña estatura traía en mis manos.
- Pero igual sirve- Finalmente concluyó mientras agarraba la azada y empezaba a dar fuertes golpes en la tierra donde antes se encontraba la botella.
En un momento se detiene y nos dice -Ya estamos cerca ¿Ven esa cosa plateada que está ahí? Eso seguro que es la espada-

En ese momento yo me agacho para observar mejor y mientras decía - A ver... -

Siento un ¡TOC!

Era la azada golpeando mi frente, que René no tuvo mejor idea que levantarla para seguir cavando justo cuando yo me estaba agachando para mirar mejor.

No me dolió, ni siquiera sabía bien qué había sucedido. Al tocar mi frente la sentí mojada, pero como era verano y hacía calor creía que era simple transpiración. Y mientras pasaba mis dedos por el lugar del golpe pregunté -René ¿Esto es sangre o es transpiración?-

René me miró e inmediatamente su rostro quedó pálido y con los labios temblorosos me dijo
-Es sangre... -

¡UAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!-

Fue mi llanto que se escuchó en todo el vecindario. Ya sabía que me había sucedido e inmediatamente empecé a sentir el dolor que antes ignoraba.

La historia finaliza cuando la mamá de ellos se presenta, me lleva hasta mi casa para lavarme la herida, René por su fobia a la sangre casi se desmaya y luego de unas cuantas "horas" (no creo que haya sido tanto) llegó mi mamá, que al verme mal herida suspendió el juego, despidió a los visitantes y me llevó al baño para lavarme y curarme finalmente la herida, que si me hubiese llevado al hospital serían unos dos puntos justo por encima del ojo izquierdo.

Quedó clarísimo que la búsqueda de nuestros tesoros tenía que ser suspendida, para evitar mas heridos.

Cosas así solo las vivimos cuando somos niños.

Hasta el día de hoy me los encuentro y seguimos siendo viejos amigos.
Además de las miradas cariñosas y las inagotables charlas, siempre está presente el "¿Te acordás?" y el inevitable "¡Qué imaginación teníamos cuando eramos unos niños!".




Y como aparentemente hoy me agarró la nostalgia, haciéndome extrañar aquellas épocas y a mis queridos amigos de la infancia, les invito a mirar este cortometraje que cuenta una historia muy especial. Con Luis Luque, Lito Cruz y gran elenco.