
Cuando necesito recuperar fuerzas luego de una fea caída viajo a mi ciudad natal, Eldorado, por unos días.
Allí me encuentro con la casa de mi mamá. Esta es grande con un patio inmenso lleno de árboles, flores y plantas.
Ni bien pongo un pie en el patio, vienen mis dos perros mimosos saltando de alegría, ellos que siempre tienen un lamido para dar, no hacen otra cosa que festejar mi regreso sin permitirme caminar.
Entre numerosos intentos por poder caminar y pegando gritos para que me dejen de saltar, llego por fin a la cocina donde me encuentro con el florero de siempre lleno de rosas blancas y rojas (a veces hasta jazmines) que mi mamá con todo cariño las colocó por la mañana, para que yo pueda disfrutar de sus aromas y bellezas.
Es así, como entre charlas, cena, jugo natural y demás, ella me pone al tanto de los últimos chismes familiares.... Maravilloso encuentro entre madre e hija... ¡Cuánto lo extrañaba!
Eldorado me encanta, tiene algo, un no sé qué, como una mezcla de pueblo y ciudad, de humildad y cariño coloreado con el verde de su vegetación y el colorado de sus caminos.
Posee un silencio único e increíblemente mágico.
Al sentarme en una de las sillas de la sala veo a la enredadera que cubre a la ventana con sus pequeños jazmines.
Siento al perfume de la Diamela de enfrente... Admiro a los largos cabellos verdes de los helechos...
Cuando salgo por las noches me encanta levantar la vista y ver al inmenso cielo y sus infinitas estrellas... Totalmente hechizada y entre medio de incansables suspiros no hago otra cosa mas que pensar: "Así no se ven en la ciudad"
Y al volver, la veo nuevamente... A ella... Mi mamá... Con su sonrisa desbordante de simpatía y calidez humana. Sin pensarlo dos veces me ofrece su exquisita comida. Y así sigo disfrutando de su buena compañía. A cada rato la abrazo bien fuerte, "¿Qué haría yo sin ella?" pienso inundada de amor y cariño.
Las coloridas nubes de los atardeceres, me indican que están pasando los días, una hermosa nostalgia me envuelve y me impulsa a caminar...
Entre pasos tranquilos, me encuentro con la hermosura del parquecito de enfrente, con la sencillez de mi barrio y la humildad de su gente. Con la tranquilidad de sus plazoletas, la presencia de un silencioso aeroclub, con mis viejos amigos de la infancia y el exquisito sabor del mate o tereré, perfecta excusa para largas horas de charlas y sonrisas.
Luego de varios días, llega el momento de partir, de dejar atrás a mi querida ciudad natal...
Me subo al colectivo que me llevará en pocas horas a Posadas, la ciudad de los estudiantes... Y a medida que el transporte se aleja de la terminal, dos personas me saludan a lo lejos con las manos en alto... mi mamá y mi novio... hermosas luces de mi vida...
Me acuerdo de una tarde en que me encontraba tirada en el sillón de casa, deprimida por mi derrota. Al verme así mi mamá se acercó y me dijo: "¿Qué importa si te fue mal ahora? Peor es estar internada en un hospital y no poder salir, eso sería malo, pero esto es pavada, no te preocupes... Ahora debés volver y seguir intentando... Yo sé que podés."
Gracias a ella, yo estoy nuevamente en este camino. Hubieron otras piedras que aparecieron, que son un poco más íntimas, pero ninguna fue lo suficientemente grande como para no dejarme seguir avanzando. Yo sé que puedo, aunque me esté costando mas de la cuenta, sé que algún día llegaré... Me tengo fé y eso es lo importante.
Allí me encuentro con la casa de mi mamá. Esta es grande con un patio inmenso lleno de árboles, flores y plantas.
Ni bien pongo un pie en el patio, vienen mis dos perros mimosos saltando de alegría, ellos que siempre tienen un lamido para dar, no hacen otra cosa que festejar mi regreso sin permitirme caminar.
Entre numerosos intentos por poder caminar y pegando gritos para que me dejen de saltar, llego por fin a la cocina donde me encuentro con el florero de siempre lleno de rosas blancas y rojas (a veces hasta jazmines) que mi mamá con todo cariño las colocó por la mañana, para que yo pueda disfrutar de sus aromas y bellezas.
Es así, como entre charlas, cena, jugo natural y demás, ella me pone al tanto de los últimos chismes familiares.... Maravilloso encuentro entre madre e hija... ¡Cuánto lo extrañaba!
Eldorado me encanta, tiene algo, un no sé qué, como una mezcla de pueblo y ciudad, de humildad y cariño coloreado con el verde de su vegetación y el colorado de sus caminos.
Posee un silencio único e increíblemente mágico.
Al sentarme en una de las sillas de la sala veo a la enredadera que cubre a la ventana con sus pequeños jazmines.
Siento al perfume de la Diamela de enfrente... Admiro a los largos cabellos verdes de los helechos...
Cuando salgo por las noches me encanta levantar la vista y ver al inmenso cielo y sus infinitas estrellas... Totalmente hechizada y entre medio de incansables suspiros no hago otra cosa mas que pensar: "Así no se ven en la ciudad"
Y al volver, la veo nuevamente... A ella... Mi mamá... Con su sonrisa desbordante de simpatía y calidez humana. Sin pensarlo dos veces me ofrece su exquisita comida. Y así sigo disfrutando de su buena compañía. A cada rato la abrazo bien fuerte, "¿Qué haría yo sin ella?" pienso inundada de amor y cariño.
Las coloridas nubes de los atardeceres, me indican que están pasando los días, una hermosa nostalgia me envuelve y me impulsa a caminar...
Entre pasos tranquilos, me encuentro con la hermosura del parquecito de enfrente, con la sencillez de mi barrio y la humildad de su gente. Con la tranquilidad de sus plazoletas, la presencia de un silencioso aeroclub, con mis viejos amigos de la infancia y el exquisito sabor del mate o tereré, perfecta excusa para largas horas de charlas y sonrisas.
Luego de varios días, llega el momento de partir, de dejar atrás a mi querida ciudad natal...
Me subo al colectivo que me llevará en pocas horas a Posadas, la ciudad de los estudiantes... Y a medida que el transporte se aleja de la terminal, dos personas me saludan a lo lejos con las manos en alto... mi mamá y mi novio... hermosas luces de mi vida...
Me acuerdo de una tarde en que me encontraba tirada en el sillón de casa, deprimida por mi derrota. Al verme así mi mamá se acercó y me dijo: "¿Qué importa si te fue mal ahora? Peor es estar internada en un hospital y no poder salir, eso sería malo, pero esto es pavada, no te preocupes... Ahora debés volver y seguir intentando... Yo sé que podés."
Gracias a ella, yo estoy nuevamente en este camino. Hubieron otras piedras que aparecieron, que son un poco más íntimas, pero ninguna fue lo suficientemente grande como para no dejarme seguir avanzando. Yo sé que puedo, aunque me esté costando mas de la cuenta, sé que algún día llegaré... Me tengo fé y eso es lo importante.