Mucho se dijo sobre el "Facebook" sobre todo que no sirve para nada. Y hasta hace poco yo creía que era así, hasta que me dí cuenta que en él se podía:
  • subir fotos y videos,
  • etiquetarlos,
  • etiquetar las fotos de tus amigos,
  • comentar,
  • jugar a la "Guerra de pandillas" (soy adicta a ella),
  • mandar "regalos"
  • Formar parte de distintos grupos,
  • y hasta decir en cada momento qué estás haciendo, entre otras cosas mas.
O sea, para pasar el rato cuando no tenés nada más para hacer y no se te viene la "inspiración" necesaria para escribir algo en el blog, entonces está el "Facebook" y el tiempo pasa un poco más rápido.

Hace poco me integré a uno de los grupos que andan dando vueltas por allí, éste se llama "Terere Lovers" y en él encontré un texto que me hizo tanto reir como emocionar, porque describe perfectamente a la magia del Tereré, pero también se lo puede aplicar muy bien al mate, ya que la esencia es la misma.

Y como este fin de semana me voy para mi Eldorado querida (viaje que trae consigo la melancolía de estar lejos de casa) quería compartirlo con ustedes...


EL TERERÉ

El tereré no es una bebida...
Bueno, sí. Es un líquido y entra por la boca.
Pero no es una bebida.
En el Paraguay nadie toma tereré porque tenga sed.
Es más bien una costumbre, como rascarse.

El tereré es exactamente lo contrario que la televisión.
Te hace conversar si estás con alguien, y te hace pensar cuando estás solo.
Cuando llega alguien a tu casa la primera frase es hola y la segunda ¿tereré?.

Esto pasa en todas las casas. En la de los ricos y en la de los pobres.
Pasa entre mujeres serias o chismosas, y pasa entre hombres serios o inmaduros.
Pasa entre los viejos de un geriátrico o entre los adolescentes mientras estudian.
Es lo único que comparten los padres y los hijos sin discutir ni echarse nada en cara.
Colorados y liberales ceban tereré sin preguntar.
En verano y en invierno.
Es lo único en lo que nos parecemos las víctimas y los verdugos.
Los buenos y los hijos de puta.

Cuando tenés un hijo, le empezás a dar tereré cuando lo pide, y se sienten grandes.
Sentís un orgullo enorme cuando ese enanito de tu sangre empieza a tomarlo. Que se te sale el corazón del cuerpo.
Después ellos, con los años, elegirán si tomarlo solo, con yuyos, con un chorrito de limón.

Cuando conocés a alguien por primera vez, siempre decís, si querés venite a casa vamos a tomar tereré.

La gente pregunta, cuando no hay confianza: con limón, muy frio o no?
El otro responde: Como tomes vos.

Los teclados de las computadoras tienen las letras llenas de yerba.
La yerba es lo único que hay siempre, en todas las casas. Siempre. Con inflación, con hambre, con militares, con democracia, con cualquiera de nuestras pestes y maldiciones eternas.

Y si un día no hay yerba, un vecino tiene y te la da, de onda le pedís y está todo bien.
La yerba no se le niega a nadie.

Éste es el único país del mundo en donde la decisión de dejar de ser un chico y empezar a ser un hombre ocurre un día en particular. Nada de pantalones largos, circuncisión, universidad o vivir lejos de los padres.

Acá empezamos a ser grandes el día que tenemos la necesidad de tomar por primera vez un tereré, solos.

No es casualidad. No es porque sí.
El día que un chico toma su primer tereré sin que haya nadie en casa, en ese minuto, es porque ha descubierto que tiene alma.
O estas muerto de amor, o algo: pero no es un día cualquiera.
Ninguno de nosotros nos acordamos del día en que tomamos por primera vez un tereré solos.
Pero debe haber sido un día importante para cada uno.
Por adentro hay revoluciones.

El sencillo tereré es nada más y nada menos que una demostración de valores.
Es la solidaridad de bancar esa yerba lavada porque la charla es buena, la charla, no el tereré.
Es el respeto por los tiempos para hablar y escuchar, vos hablas mientras el otro toma y viceversa.
Es la sinceridad para decir, cambiá la yerba, o arreglalo un poco.
Es el compañerismo hecho momento.
Es el cariño para preguntar, estúpidamente, ¿está rico, no? Es la modestia de quien ceba el mejor tereré.
Es la generosidad de dar hasta el final. Es la hospitalidad de la invitación. Es la justicia de uno por uno.
Es la obligación de decir gracias, al menos una vez al día.
Es la actitud ética, franca y leal de encontrarse sin mayores pretensiones mas que compartir.

Ahora vos sabes, un tereré no es sólo un tereré.
Andá preparando el agua, que voy para allá.



Autor: un paraguayo anónimo